¿Cómo funciona el destino?

¿Fuiste con un adivino, tarotista o brujo para conocer tu futuro y no le atinó? O bueno, le atinó a un par de cosas pero falló en la más importante… Pero luego fuiste con uno más atinado hasta que también éste te llegó a fallar. ¿Qué hacer? ¿Qué implicaciones tiene esto? ¿Nunca más debo volver a ver a los que nos fallan? ¿Cómo funciona mi destino?

Lo primero que hay que entender al momento de ir a consultar nuestro futuro es que éste no es una línea recta en la que nosotros transitamos; como si subiéramos a un carro para sólo ponernos el cinturón de seguridad y dejarnos llevar como en piloto automático. No. El futuro no es así.

Lo anterior no intenta decir que el arte de la interpretación no está sujeto al error humano o que no podamos toparnos con un mal guía del futuro. Sí, las interpretaciones equivocadas existen y también gente que no tiene una conexión fuerte con los planos superiores, y claro, eso puede influir en la lectura. Pero regularmente, los “fallos” tienen que ver con nuestra concepción del futuro y de lo que llamamos “Destino”.

El destino se entiende regularmente como la consecuencia inevitable de diversos hechos que afectan la vida de una persona y lo “encaminan” a un resultado determinado. Así pues, el “lugar” de llegada sería un espacio o un mundo al que estaríamos “destinados” a llegar sin importar nuestras acciones. Lo anterior funciona en positivo como en negativo: “Estaba destinado a ser un genio”, “Estaba destinado a morir joven”.

Pero el futuro no funciona así, de hecho, nuestro destino es algo que podemos construir.

Pensemos en el futuro como un camino que nos conecta a una estancia con varias puertas y no como un camino recto que nos lleva a un mundo futuro determinado del cual no podemos escapar.

Si abordamos así el tema veremos que nuestro “destino” o nuestro futuro es una colección de probabilidades que se van creando conforme vamos tomando decisiones. Imaginemos lo siguiente: vamos caminando por un camino recto que nos lleva hacia una estancia que a su vez conecta con varias puertas. Lo más probable es que elijamos la puerta que va de acuerdo con nuestro patrón de conducta. Sin embargo, tenemos libre albedrío y el universo quiere que aprendamos, así que la posibilidad de que cambiemos de patrón y abramos otra puerta existe.

La puerta que abramos nos llevará a un mundo determinado (pasillo), el cual conducirá a otra estancia con diversas puertas. Y así, iremos paso a paso construyendo nuestro futuro a base de nuestras decisiones.

En ese sentido, no sólo el futuro, sino la realidad sería más cercana al mundo cuántico que a una visión clásica de la física, según Sean Carroll en su libro Something Deeply Hidden. (Nota: los argumentos del autor en dicha obra no están ligados al mundo del ocultismo sino al de la física).

Cuando nos acercamos a un adivino o guía, éste nos presentará el “destino” o futuro más probable al cual tendremos acceso según nuestro contexto, ánimo y conocimientos (conscientes e inconscientes). Y casi nadie nos dice que es probabilístico. ¿Por qué? Porque tanto para el adivino como para el consultante es la manera más sencilla de interactuar: “Yo te digo tu destino, tú lo aceptas porque no puedes hacer nada para cambiarlo, y me evitas la fatiga de explicarte cómo llegar a dónde quieres llegar o de explicarte que tú tienes más poder sobre tu destino del que creías”. Además, es bonito para el ego saber que “Yo le atiné en mis predicciones”.

Si pensamos en el futuro como un destino al cual llegamos por una única carretera, no importa si salimos del camino pues al ser sólo una sola vía, tarde o temprano, debemos volver a tomar el camino por el que andábamos, el cual nos llevará de manera irremediable a nuestro “destino”. Y, vuelvo a repetir, es casi siempre esta concepción la que reina en el mundo del esoterismo y la magia, tanto para consultantes como para los guías o adivinos.

Si pensamos en el futuro como un abanico de posibilidades, la cosa se vuelve más compleja para nosotros pues tenemos que tomarnos la molestia de decidir cuál es la puerta que debemos abrir para la realización, claro, pensando que es ahí a dónde queremos ir a reserva de lo que nuestro inconsciente nos dicte, pero ese es otro tema.

Nótese que no son puertas al infinito, están acotadas según las circunstancias que nos rodean. Si vivo en un rincón de la Ciudad de México y tengo un negocio de abarrotes y quiero conocer, así sin más, a una estrella de Hollywood para casarme con ella, pues es un futuro inexistente. A menos que… vaya a Hollywood a probar suerte y abra las puertas necesarias para crear esa condición y quizá lo pueda lograr.

Las estancias que contienen esas puertas o posibilidades y los pasillos que conducen a ellas se van apareciendo en nuestra vida a través de un ejercicio de dos vías: por un lado, con el pensamiento, con la visualización de nuestros objetivos, con el decreto, y por el otro, con la consecución de acciones terrenales que van encaminadas a la materialización de ese pensamiento: “Y entonces Dios dijo: ‘Sea la luz’. Y hubo luz”. Es decir, esas estancias, puertas y pasillos tampoco son una estructura rígida… sino flexible que se abre y se cierra según nuestra voluntad y libre albedrío.

¿Cómo actúan la palabra y el pensamiento como creadores del destino? Es tema para otro artículo. Por lo pronto quedémonos con lo siguiente: Nosotros somos los creadores de nuestro destino, y nuestro futuro es un abanico de posibilidades en donde, bajo ciertas condiciones, tenemos más probabilidades de llegar a un futuro determinado que a otro.


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